Una de las calles del Fondo en la época a la que se refiere Tarrasón. Foto: mossén Joan Mata / Museu Torre Balldovina

Por deferencia de la editorial Carena publicamos el segundo capítulo del libro Agua. Una odisea del Fondo, escrito por Lluís Tarrasón. “El libro –se afirma en la solapa– se refiere a la odisea de los emigrantes que poblaron el Fondo para conseguir tener agua en casa, entrecruzada con la odisea personal de una infancia sobreviviente al franquismo recrecido de la época. Es una crónica del crecimiento del barrio y de Santa Coloma con gran acopio de lenguaje popular y observación; cierta épica homérica con que se revisten las colas en la fuente, el vaciado de letrinas y las penurias sin fin se humanizan con la sostenida ironía que atraviesa la narración, siempre entre el drama y lo cómico. (…) El agua que se espera desde el principio de todo, desde que el Fondo empezó a poblarse, el agua que ha de marcar un antes y un después, la que ha de cambiarnos la vida. El trasfondo político y social, muy vivo, muy presente, hace que trascienda el ámbito de Santa Coloma para convertirse en singular crónica de la emigración que cambió Catalunya.”

Lluís Tarrasón nació en 1948 en el barrio del Fondo. Formó parte del grupo promotor inicial de la revista Grama, donde ya demostró su magistral capacidad irónica. Su entrevista a Manolo Escobar (núm. 15, marzo de 1970) es reveladora. En la solapa del libro se dice que durante cuarenta años fue responsable de producción en editoriales, todas importantes al decir de sus dueños. “Llegada la jubilación, se propuso escribir sobre el Fondo de su infancia para que, parafraseando a Heródoto, «no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer sus grandes y maravillosas hazañas». Ya que había sido comadrón de tantos libros ajenos ¿por qué no uno propio?, se dijo. Desde entonces ejerce de paseante al modo de Robert Walser y cultiva un huerto alejado de ruidos y furias donde evoca al filósofo del jardín.”

 

Luces

Pero ¿es una calle? ¿De verdad se puede llamar calle a esto que los terratenientes bautizaron Pagès? Oficialmente, sí. Llegan las cartas de la familia de Aragón, los cobradores dan con nosotros y arriba en la esquina de la Rambla, límite de lo que llamamos pueblo o Santa Coloma, lo proclama una chapa abollada por las pedradas que aún maltrecha infunde oficialidad: calle del Doctor Pagès. Qué doctor debería ser este Pagès, nos preguntamos, para que lo relegaran a una calle desastrosa en un barrio desastroso. Los más jóvenes, los hijos y los nietos de los viejos que trataron con los Gordi al principio de todo, no reconocemos en ella los signos de una calle de verdad y nos quejamos de la acusada pendiente, de los pedruscos y las grietas, de las ratas, de los nubarrones de moscas, del barro, del reguerot, de que no hay luz por las noches, de la falta de agua, de la ausencia de cloacas, en definitiva de la falta de todo; creemos que solo los iberos que se instalaron en el Turó del Pollo podrían alegar más dificultades.

Nosotros, los nietos, añadiríamos a estas quejas generalizadas que en esa calle no se puede jugar al fútbol. Tenemos la presunción de habitar la peor calle del mundo, sin haber visto más mundo que el que está al alcance del trolebús FS que nos deja en la plaza Urquinaona. Cuando ampliemos nuestro territorio de exploraciones, tendremos que admitir que era una presunción vana porque cualquier calle del Fondo nos podría disputar el título.

Los carreteros que traen material para la fiebre constructora que notamos ya hace tiempo, detienen la caballería en lo alto de esto que llaman calle, la escrutan con desconfianza y murmuran las primeras blasfemias, como si se calen-taran para lo que vendrá después; si ven un vecino a mano los prudentes piden consejo, ¿ya se podrá pasar por aquí? Si dan con Vicente, o con el Maño o el Roque, le aconsejarán, la mano en el corazón, que mejor dé media vuelta si estima en algo la crisma propia o la de su caballería; no quieren más casas en la calle porque más casas significa más problemas, más gente, más suciedad, más colas en la fuente.

Si la ocasión se presta le brindarán detalles horripilantes, seguramente exagerados, quizá inventados, de manera que el buen hombre tome conciencia de que si baja será como internarse en una especie de sumidero terminal de los carros. Determinados a ser convincentes aportan detalles escabrosos, todo empieza cuando la caballería trastabilla y se le doblan las patas delanteras, ¿comprende?, porque el animal no entiende lo que ha de hacer, el animal está enseñado a tirar y de pronto se le pide que retenga, ¿que retenga el qué?, mire, le voy a decir una cosa (el Roque): los animales no son tan burros como suponemos, en este mundo hay gente más burra que los burros, ¿o no?; el carretero asiente, ¿qué le van a explicar a él esos viejos palurdos?, ¡maldita la hora en que les ha preguntado!, y para aliviar la impaciencia que lo devora empieza a cagarse en la hostia intercalando algunas variables para no hacer la cosa monótona, ¿por qué lo mandan a él a pasar estos tragos?, ¡menuda putada! Sí, se le doblan las patas, zas, y cae de bruces, bam, los cuartos traseros en pompa, así, míreme, el Maño se da la vuelta y pone el culo en prominencia, y entonces el carro gira sobre sí mismo, ¿entiende?; diez años llevando arena del Besòs y tener que escuchar a estos pazguatos; a eso en Aragón le dicen cerdear, interviene Vicente, el macho me cerdeó quiere decir que se le doblaron las piernas; usted haga lo que quiera, pero pueden pasar dos cosas: la de menos, que el carro vuelque y quede acostado, con lo que la cosa no pasa del susto y los desperfectos, nosotros ayudamos pero tenemos una edad, así que mejor no cuente; la peor y la más peli-grosa para todos –para todos, recalcan–, también para nosotros, ¿eh?, ¡en la calle hay críos y mujeres!, que el carro, cargado hasta los topes; ¿hasta los topes?, balbucea el buen hombre, ¡a ver cómo me gano yo la vida si vengo con medias cargas!; pues verá, lo peor es que después de girar el carro, cargado hasta los topes, con perdón, quede en pie pero de culo y se despeñe arrastrando al animal, cosa que de ocurrirle a usted no sería la primera, el carro del Rosendo, uno del pueblo, ¿sabe de quién hablo?, los que tienen el tejar aquí arriba, se despeñó de esta mala manera y zas zas zas, se aceleró y fue a estrellarse contra la torre de la luz, aquella de allí, ¿la ve?, bom, el carro partido en dos, el animal desollado de un costado que daba horror verlo, y empezó a dar tumbos cada vez más desballestado hasta que arremetió contra el jardín del militar, la torre de allá abajo, bom, bam, y le dio un susto de muerte a la viuda del teniente coronel que desde entonces, no sé, dicen, se le puso la jaqueca y ya no la ha dejado; ah, y la calle quedó sembrada de ladrillos, baldosas y sacos de cemento que mire usted luego vinieron a preguntar pero nadie sabía nada, el caso es que desaparecieron o se los llevaron o qué sé yo, ahí ya no le puedo decir.

–La mula, una mula maja, como esta –el Maño da unas palmadas en las ancas del animal–, pues, ¿sabe qué? Que hubo que sacrificarla allí mismo.

* * *

No es necesario que un carro se estrelle para que hagamos provisión de ladrillos, baldosas, sacos de cemento, de arena, o cualquier cosa útil para los remiendos interminables que exigen las casas pero también la calle que por inacción del Ayuntamiento está a nuestro cargo. Como si se hiciera bueno el dicho de que no hay mal que por bien no venga, el constante zarandeo de los carros sobre aquel terreno agreste hace que siempre se desprenda algún material mal estibado que corremos a poner a buen recaudo, y si no se desprende los hay hábiles que lo estiran. Los avispados que están más arriba de Milà i Fontanals, donde la modista, pasada la casa de la señora Núria, la Beata, que viven en la misma calle pero demasiado lejos como para considerarlos de los nuestros, lo seguirían hasta pie de obra si no fuera porque nos ponemos serios y entre todos los ahuyentamos. Con lo que cae arriba no nos metemos, pero lo que cae aquí es nuestro; digamos que la mercancía atraviesa diferentes jurisdicciones, dice el Jim para acabar de incendiar una discusión sobre la posesión de unos ladrillos que nos disputan los de arriba.

Los escolares que nos sabemos los días del Génesis al dedillo también revoloteamos en torno a los carros y colaboramos en la recuperación de lo que se suelta o se estira, pero en realidad estamos interesados en un tipo de material más sofisticado; no sabemos por qué designio sentimos una enorme atracción por escuchar blasfemias cuanto más gordas, cataclísmicas y volcánicas mejor, blasfemias desgarradoras de carretero que salen del vientre en un trance complicado, vital, como es bajar la calle Doctor Pagès con una tonelada de carga, no como las que nos tienen acostumbrados los abuelos que se pican el dedo con el martillo o se les cae algo al suelo y solo por eso ya se cagan en Dios de una manera funcionarial o protocolaria, muy parecida a como las beatas contestan ora pro nobis.

* * *

Las prevenciones de los carreteros las comparten los taxistas de Barcelona que se niegan a llevarnos; los que acceden ponen como condición dejarnos en Santa Coloma, en la plaza de la Vila, que es lo único que conocen y donde confían encontrar algún vestigio de civilización, como calles pavimentadas, farolas y que la autoridad gubernativa no ande lejos.

Al Fondo no van, de ninguna manera. Y mucho menos de noche. Si aún hay luz de día, no llueve y en Barcelona no hay fútbol ni toros, con buena voluntad nos dejan en la Rambla, de ahí no pasan porque conocen, por experiencia propia algunos, porque se lo han dicho los compañeros los que más, el estado lamentable de las llamadas calles del Fondo que ellos describen como una enorme trampa o un laberinto indescifrable.

Necesitados como estamos, casi podríamos decir que cautivos y desarmados, porque después de las diez ya no circulan los trolebuses, de por sí escasos, impuntuales y abarrotados, acatamos su determinación y les damos la razón, hace usted bien, entendemos sus precauciones, sinceramente no queremos que se raje una rueda, ni que se despeñe y menos que desvalijen al buen hombre; comprendemos que es el temor a estos percances lo que los retiene y no que nos tengan una manía especial o que nuestro dinero valga menos. Aceptamos que no es fácil dejarnos en la puerta de casa y estamos al corriente de carros desballestados y caballerías sacrificadas. A veces las dificultades se pueden allanar deslizando con tacto un billete de duro a las manos del conductor, pero el intento puede sumirnos en el bochorno si el hombre lo desprecia y nos trata de listillos que pretenden comprar barato.

–Pero, señora, ¿usted sabe lo que me cuesta a mí cambiar un palier? –El taxista tuerce el pescuezo para mirarnos.

No lo sabemos, al menos María y yo, que vamos hundidos en los asientos de atrás con la formalidad que se requiere. Hasta que el taxista no lo ha mencionado ignorábamos que un palier es parte consubstancial de un taxi y quién sabe si de todo lo que se mueve sobre ruedas. Callamos y disimulamos nuestro estupor mirando por la ventanilla para no demostrar más ignorancia hasta límites que pudieran resultar inadmisibles para el conductor; en aquellos tiempos de franquismo recrecido cualquier individuo con gorra podía parecernos poderoso a mi madre y a mí, ¿y si nos manda bajar?, ¿y si no nos lleva?, estamos al tanto de lo que dicen los viejos, que muchos taxistas son confidentes o directamente policías que hacen horas extras. Aparentemente no hay una normativa que los obligue a satisfacer nuestra necesidad de viajar, si bien hacen valer otra por la que, si nos llevan, hay que pagarles el retorno, que equivale a doblar el precio. Aun así, con retorno de por medio, si es de noche o llueve, hay toros o fútbol, la probabilidad de que nos lleven es casi nula.

* * *

A Vicente le trae sin cuidado que apedreemos la chapa que lleva el nombre de la calle, desde su radicalismo cualquier individuo que pretenda dar nombre a algo público es sospechoso. Lo que a Vicente deja indiferente molesta al señor Jaume, que opina que se deben respetar las cosas que son de todos, entre otros motivos porque si nos comportamos como salvajes los del Ayuntamiento tendrán excusa para ignorarnos todavía más.

–Que no nos pondrán el agua –nos advierte. Luego mira a Vicente como si indagara algo que se podría tras-lucir en la cara–. Pero ¿aún estamos así, contra todo y contra todos? ¿Que no ha tenido prou?

–Y yo qué sé quién era ese tío, el Pagès ese, me trae sin cuidado. –Vicente intuye por dónde va Jaume, así que manda pelotas fuera.

–Si todo el mundo pensara como usted las calles no tendrían nombre –Jaume se ríe–, ¿ya sabe que en Nueva York las numeran? –dice mientras se levanta y amaga una embestida contra los francotiradores apostados frente la placa.

–Bueno, pero ¿quién era ese tío? –pregunta Vicente, lo mismo que preguntamos todos, y se mueve para dejar sitio al Maño padre, que se para dispuesto a meter baza en lo que se esté tratando, no importa lo que sea pues domina muchos palos.

–¿Quién? –Jaume ha perdido el hilo preocupado por la conservación de la placa benemérita, el único equipa-miento urbano además de dos bombillas y un tinglado de cables que en realidad nos es ajeno.

–El doctor ese.

–Ah, no se –contesta Jaume afligido–. Que pongan una calle con su nombre no quiere decir que fuera mala persona, en Barcelona hay muchas calles con nombres de gente digna.

–Y en Santa Coloma también –dice Perelló desde la tumbona atravesada en la puerta.

–Claro –contesta Vicente–, la mayoría son militares, reyes, obispos, marqueses, ¡ah! –exclama apresurado–, además de todo el santoral, unos siete mil, el otro día me dijeron que hay siete mil santos.

–¿Contando las vírgenes? –inquiere el Maño–, piense que en España hay tantas vírgenes como pueblos, saque la cuenta –invita a Jaume–. Cada uno tiene la suya, ¿o no?

–Pero también hay médicos, científicos, personajes de la Antigüedad –contrapone Jaume–; además, no creo que los siete mil santos tengan calle en Barcelona.

–Bueno, ¿y qué más da? –Vicente se impacienta cuando una conversación va más allá de media docena de réplicas–. Mire, no me gustan estos tíos que ponen nombre a las cosas de todos, ¿qué se piensan, que son más que nosotros?

–¿Qué nosotros? –pregunta Perelló sin que Vicente se dé por aludido.

–Yo digo que si le ponen el nombre después de muerto, ¿qué culpa tienen?, pero los hay que en vida se esmeran para que les den el reconocimiento, eso no lo veo bien –dice Jaume.

–Pero ¿ya cuenta las vírgenes? –el tío Zenón, que no es tío de nadie, mirando fijamente al Maño.

–Es que para ser santos además de ser buenos tienen que hacer un milagro, ¿no lo sabían? –esgrime Perelló.

–Milagro será que pongan el agua –murmura Zenón.

–¡Ahí!, ¡ahí! –asiente el Maño agitando el índice–, al

que nos ponga el agua, a ese lo hacía yo santo.

–Inmediatamente –se pronucia Marimon.

–Ay, Vicente, Vicente –repite Jaume–, y usted también, Maño –y se arrima para mostrarse confidencial–, siempre de rompe y rasga, genio y figura hasta la sepultura. –Luego sonríe amistoso–: ¿Cómo era lo que cantaban cuando volvían del Pensament? ¿Cómo decía? Sí hombre, sí, aquellas barbaridades que cantaban ustedes dos, el Roque y el Carbonero –y achica los ojos como si escarbara en la memoria–, ¿cómo era? No sé qué de la bomba, la metralla y ¡ah! el petróleo, abajo el poder, ¡abajo el poder! –exclama admirado–, ¿no se acuerdan?

–No me acuerdo –dice el Maño rotundo, y de repente parece preocupado por los guijarrazos–: Que vais a joder la placa y el cartero no encontrará la calle, no sabrá dónde dejar las cartas y las devolverá.

–¿Ahora viene con esas? –protesta el Roque.

–¡Viva las colectivizaciones! ¡Todo es de todos! –Rezonga Perelló por lo bajini.

–Yo tampoco me acuerdo, ¡no sé de qué me está hablando! –Vicente adopta una expresión de candidez.

–Sí hombre, sí, luego decía –mira al cielo para apurar la memoria–, decía… prou militares y prou frailes, de verdad que asustaban, bueno, a mí no, pero mi mujer, la Enriqueta, me decía: ay, Jaume, ¿dónde me has llevado a vivir? ¿Sabe que en el 36, cuando ustedes patrullaban, me hizo descolgar la Santa Cena del comedor y esconderla en el cobertizo de los trastos?

–Buen sitio –dice el Maño–, mejor no podía estar.

–Tampoco hay que ofender –protesta Perelló, que desde que Vicente le ha ignorado se esfuerza por mantener una actitud de aparente distracción.

–Oiga, que yo solo patrullé un día –dice Vicente como un niño que se excusa.

–¡Cuánto sufrimiento! –exclama Zenón.

–Y cuando la Via Laietana era Buenaventura Durruti, ¿por qué no se quejaba entonces? –esgrime Perelló de repente enardecido.

–Las cosas pasadas, pasadas están –propone el tío Zenón con un hilo de voz.

–Es lo que yo digo –tercia el Roque–, ¿a cuento de qué volver por peteneras?

–Por un perro que maté me llamaron mataperros –se defiende Vicente.

–¿Y aquel trueno aquella mañana? ¿Por qué no explica lo que pasó? –Perelló hurga en un misterio de la calle.

–¡Tremendo! –exclama Jaume.

–Podría haber matado a alguien –insiste Perelló.

–Yo estoy con Vicente –dice el Maño con la mirada puesta en Perelló–. No me gusta tanto santo y tanta hostia, tanto marqués, tanto rey de esto, rey de lo otro. Mejor un número y a tomar por el culo.

–Aquello fue un disparo –dice Perelló rehuyendo la mirada de Vicente.

–Eso no se ha sabido ni se sabrá –vaticina el tío Zenón.

* * *

Entre las madreselvas que cierran la casa del militar emerge enfurecido el señor Martínez, apodado, nadie sabe por qué ni desde cuándo, el Botines, el yerno del teniente coronel ya difunto.

–Estáis aquí dale que te pego y permitís que estos rufianes lo apedreen todo. –Primero se encara a los viejos pero enseguida la emprende contra nosotros–. ¡Largo, fuera de aquí! ¡Maleducados! ¡Ya hablaré yo con vuestro maestro! –grita mientras reparte sopapos que, viniendo de un para-militar como él, parecen mandobles. Botines demuestra que la consanguinidad no es imprescindible para heredar cosas como la querencia de mando y la brutalidad. Cuando retro-cedemos y constata la eficacia de su intervención se vuelve a los reunidos y sin mayores cumplidos, en un tono bastante jactancioso, pregunta:

–¿De qué estáis hablando vosotros, que hace una hora que no calláis?

Las irrupciones del Botines acostumbran a coincidir con repentinos retortijones del Roque, que en cuanto lo ve llegar se excusa por tener que ir al excusado, demostrándole de paso que cuando quiere sabe hablar con educación, o con quehaceres de los palomos que el Gordo había olvidado, o con estremecedores agarres de tos que le vienen al Maño y, siempre, con el adormecimiento irresistible de los que no pueden escapar.

–Del agua –contesta el Maño.

–¿Del agua? –pregunta el Botines para patentizar su desconfianza.

–Yo no he dicho nada –se excusa el tío Zenón.

–¡El agua! –exclama Vicente–, a saber cuándo la pondrán.

–¿Se sabe algo? –se interesa el Botines con la displicencia de un oficial que recaba un parte rutinario.

–Lo de siempre –contesta Jaume.

–Con agua pasada no se mueve molino –dice Perelló, enigmático.

–Entonces ¿de qué hablabais? –insiste el Botines.

–Del agua, de qué va ser –contesta el Maño.

* * *

Igual que, de tan despiertos que nos sentimos, hemos discernido que el principio de todo en boca de los viejos equivale al día que yo vine, el día que yo llegué, ni antes ni después, comprendemos que en la calle hay dos posiciones encontradas, como mínimo.

Una, la de los viejos que le mienten al Botines, para ellos ya está bien como está todo, la calle, las casas, los pozos, los gallineros; consiguieron su propósito de comprar la parcela y levantar la casa con muchas privaciones, ¿qué más se les puede pedir después de haber empleado todos los festivos de tres o cuatro años en la autoconstrucción y salir airosos?; la mayoría están jubilados y cobran del Instituto Nacional de Previsión, han vivido la República y las dos dictaduras, la de Primo de Rivera y la de Franco, no recibieron instrucción o recibieron la justa, han trabajado desde niños, mucho y en condiciones tan extremas que tienen por legítimo dar por bueno lo que tienen, lo que no hubieran imaginado cuando salieron de los pueblos con el dinero justo para llegar a Barcelona. Si los apuramos aceptan que podrían hacerse mejoras, cómo no, hasta el palacio de la duquesa de Alba se podría mejorar, seguro que tiene un grifo que gotea y un cuadro que cuelga torcido; que pusieran el agua, eso sería un gran adelanto, en eso están de acuerdo, tanto que si los hijos ponen el dinero, porque ellos ya no tienen, harán lo que esté en su mano para conseguirla, y más ahora, cuando los pozos se echan a perder, pero lo demás, vuelven a lo mismo, todo lo demás, está bien o bastante bien y si no está bien los que queden ya harán lo que les dará la gana; cuando manden sus hijos, entonces, dicen, seguro que todo estará no solo bien sino muy bien, ¿qué quieren con tanta queja los jóvenes, que nos muramos insatisfechos?

Pero tendrían que haber visto, esos que tanto se quejan, cómo estaba la calle, ¿cuándo?, ¡cuándo va a ser!, al principio de todo, lo que trabajaron para que aquel barranco pareciera una calle de habitantes civilizados, para que se pudiera vivir, para que se pudiera andar, para que el desperdicio no se metiera dentro de casa; movieron tierras dentro de sus posibilidades, pico, pala y capazos, suavizaron la pendiente a su manera, porque, aunque hoy nos cueste creerlo, en la calle había tramos por los que no se podía pasar, no, no se podía, insisten, había que atravesar un tablón, o dar la vuelta por la calle Magallanes, si eso era posible, porque esa calle estaba tan mal como la nuestra; además excavaron el reguerot, hicieron los huertos, perforaron pozos, mejoraron los que había, les pusieron brocales, algunos hicieron un remedo de acera delante de casa, Vicente con el infalible Pórtland y Perelló mandando traer las mismas losetas que vemos en Barcelona; si ahora nos parece mal no quieren imaginar el espanto que nos hubiera dado lo que ellos encontraron.

La otra posición, la de los hijos, los yernos, las nueras y los hijos de los hijos, acusamos a los viejos de conformismo, de haber detenido el reloj y de una predilección desmesurada por chismorrear en los corros, les recriminamos su inacción y los gustos anacrónicos; lo que explican está muy bien, lo que trabajaron, que no había nada, el principio de todo, tal y cual; los jóvenes, vamos a decirlo así para englobarnos todos, queremos que se pavimente la calle, que pongan aceras, que quiten los postes de alta tensión, que haya buena iluminación de noche, que se suprima el reguerot y que pongan las cloacas, que se exterminen las ratas, pero, sobre todo, lo que más queremos es que pongan el agua ya, no tener que ir a buscarla ni racionarla, porque, eso deberían entenderlo los viejos, que por cierto son los amos mientras vivan, el agua no es un capricho para los que aspiramos a trabajos más cualificados que el de cul de fàbrica en los que se requiere aseo personal, zapatos incluidos.

Los hijos eran muy jóvenes cuando la Segunda República y no conocen otra manera de gobernar que la del Caudillo, no digamos los mequetrefes que apedreamos la placa, incondicionales de las mejoras que reclaman nuestros padres; a los jóvenes nos gusta ir a Barcelona sin una necesidad concreta, algo insólito que escapa a la comprensión de los viejos; nuestros padres gastan dinero con demasiada facilidad, otra cosa que los viejos no comprenden; comemos carne con una frecuencia que ellos jamás hubieran imaginado; nos fascina el plástico, el olor a gasolina, la persiana Gradulux del señor Perelló, y vamos al cine. Nuestros padres admiten que ya es una gran cosa que los viejos estén de acuerdo en pedir el agua, qué menos, pero se quejan porque tendrían que haberla pedido desde el primer día, lo que dudan que hicieran, o ¡se dejaron engañar!, y ahora deberían moverse, ellos que tienen tiempo, ir al Ayuntamiento, a la Diputación, a Roma, donde haga falta, cualquier cosa antes que consumir las tardes sentados, fumando, refunfuñando, contándose batallitas y vigilando lo que hacen los demás.

–Demasiadas películas –contesta el señor Jaume a las amargas protestas de la nuera porque otra vez habrá que vaciar el pozo muerto.

–En Technicolor –dice el Roque, que hace poco vio esta novedad en el Capitol, que es el cine de arriba.

* * *

Los jóvenes que deseamos inmediatas mejoras urbanísticas caemos en actitudes autodenigrantes, quizá para distraernos de las dificultades o para zaherir a los viejos, ¡a ver si se levantan y hacen algo por el agua!, pero también para que nadie se confunda y piense que hemos elegido vivir así.

Rebautizamos la calle con ensañamiento cruel: calle del Barranco, calle Peor, avenida de la Mierda, Donde Cristo Perdió el Gorro, o las Zapatillas, o dio las Tres Voces, al fin y al cabo nadie sabe quién es el doctor ni hay con él compromiso alguno; es más, nos preguntamos: ¿en qué otro lugar del orbe, más allá de su ciudad natal, este Pagès tiene una calle? Arriba en la Rambla, en la pared del Caracortada, alguien despechado, unos dicen que el Jim otros que el Maño hijo, ha escrito con tiza bajo la chapa acribillada: calle Peor, barrio del Fondo, Santa Colona de Gramanet, al Polo Norte: 11.000 km, No Smoking, Prohibido Cagar, y lo ha recuadrado.

Decimos estas cosas pero en realidad cuidamos la calle como una prolongación de la casa, un espacio común que en los tiempos de los que hablamos, cuando se contarían entre treinta y cinco y cuarenta años del principio de todo local, 1952 dC, la humanidad todavía no había sucumbido a los oropeles del coche que hoy, rueden o aguarden rodar, se han enseñoreado de las calles. La calle entonces era también un lugar de celebración de lo que va trayendo la vida: bautizos, bodas, entierros; de festejos particulares, comuniones, patronos, cumpleaños; de ritos como el día de la tortilla o el entierro de la sardina; también del paso de las estaciones y las tres verbenas, Sant Joan, Sant Pere y Sant Jaume, con sus hogueras.

Tireu confits
que són podrits
si no en voleu tirar
el nen es morirà.

Cuidamos la calle cada uno a su manera, las mujeres barren la parte que queda delante de sus casas, la riegan cuando hay mucho polvo, ponen macetas en las ventanas, piden a los maridos que les construyan arriates donde ellas plantan hierbabuena, melisa y cosas por el estilo, y las más maniáticas la desinfectan con lejía o Zotal o las dos cosas. Los hombres creen que los que de verdad cuidan la calle son ellos, lo que hacen las mujeres, las flores, la hierbabuena, la lejía y todo eso, es cómo hacerle la peluquería, la ponen guapa para el baile y mañana vuelve a estar fea y despeinada. Las cosas graves, las que importan y son decisivas, las que nos permiten vivir allí y tenernos en pie, las hacen ellos.

–¿Qué quiere decir eso de que vosotros cuidáis la calle y nosotras no? –se queja la señora Enriqueta, la esposa del señor Jaume, entre puntadas de hilo, arrimada al corro.

–Arreglar la calle, ¡qué sabéis vosotras! –responde Vicente con una entonación de perdonavidas–. Arreglar la calle es lo que hago yo que aplano todo lo que puedo. Además de apartar ramas, hierbas, piedras, tapar agujeros, grietas…

–Y el reguerot, no se olvide de lo principal –le sopla al oído el señor Jaume, al que le viene de perlas que Vicente encare este asunto con su mujer.

–Y las aceras –añade el señor Perelló con fundamento.

–Todo es cuidar –se pronuncia el Botines que se ha

parado a saludar, ecuánime como una estatua.

–Ya salió la acera del señorito –murmura el Moreno–, yo ni la piso, ¡Dios me guarde!

En la España de Franco, los hombres, los machos, los cabeza de familia son la base de la democracia orgánica, y cómo tal cabeza tienen derecho a votar por el tercio familiar a candidatos seleccionados por el régimen. Otros derechos concomitantes del cabeza de familia les otorgaban una autoridad, más aparente que real, sobre sus mujeres, a las que llegado el caso podían aplicar una somanta sin incurrir en responsabilidades; en el escalafón del régimen los rudos machos de entonces se situarían inmediatamente por detrás de serenos y vigilantes, categoría suficiente para invocar lumbago cuando hay que ir a por agua, sufrir parálisis para todo lo que sea limpiar, hacer la compra, cuidar enfermos, fregar y cocinar, incapacidad para coser un botón, no digamos para remendar unos pantalones.

Pero este día las mujeres han tendido una red de complicidad por encima de los cigarrillos de caldo que arden como las antorchas de un poder que se pasan por el forro, ellas no le dan tantas vueltas a las cosas, y menos cuando se trata de pasar el rato en el corro, de manera que contra-tacan todas a la vez, y cuando los méritos que exponen no bastan para acallar las burlas lanzan munición gruesa.

–¿Ah, sí? ¿Y quién os lava los calzoncillos? –dice María, abuela mía y mujer de Vicente, cómplice y mano de obra tenaz para que la casa no acabara en la subasta.

–Y la comida –aguijonea la señora Micaela con una entonación maliciosa–. Que os morirías de hambre si no os llevamos el plato a la mesa.

–Este –la Amparo señala al Roque–, si no le cosiera los pantalones iría por ahí enseñando el culo. –Y se ríe.

–¿Y quién va a por agua, quién va a la fuente, quién saca agua del pozo, quién aguanta las colas? –dicen cuatro o cinco mujeres a la vez, la Amparo, la Casilda, María, quizá la Rogelia, y restallan más preguntas, como bofetadas.

–¿Quién lava, quién cose, quién hace la compra? –¿Quién os da friegas cuando, ay, ay, pobre de mí, me duele aquí, me duele allá, ay que me voy a morir? –María está desatada.

–Qué bien lo haces, María –gime la Amparo entre risas. –¡Igual que el Emer! –exclama la señora Milagros sorprendida de que su marido no sea el único doliente. –Estamos hablando de la calle –protesta Vicente–, ¡hay que ver cómo os gusta embolicar las cosas!

–Es cierto. –El Botines le echa un capote a Vicente–.

Esto no está en el orden del día.

* * *

Paradójicamente, o no tanto según se mire, el barrio presta unas servidumbres al interés general de esta nación non plus ultra que es la España de Franco soportando, entre otros males, aparatosos tendidos de alta tensión que se sustentan en torres clavadas en mitad de las calles o en fincas privadas, como le ocurre al señor Jaume y a algunos más que suspiran porque llegue el día que las quiten.

Esta situación se explicaría porque las compañías de electricidad, los de la luz, como los llamamos, amparadas en su poder y el prestigio de la mercancía que venden, la energía limpia, un futuro prometedor y todo eso, camparon a sus anchas por Santa Coloma tendiendo líneas de aquí para allá sin otro principio normativo que la línea recta siempre es la más corta, y como los terrenos estaban abandonados, no valían nada, o eso se creía hasta que apareció don Anselmo con la buena nueva, levantaron torres y clavaron palos allá donde les resultó más cómodo sin el menor comedimiento.

Sucesivas ampliaciones justificadas por una demanda que no parará de crecer se solucionaron ampliando la plantación, como ocurre en nuestra querida y detestada calle Peor, donde parte del espacio que se debería considerar público, la calle, espacio de todos, prolongación de la casa, está ocupado por una hilera de torres de alta tensión que la compañía brinda en exclusiva a Can Vilaseca, una línea que arranca en la riera, a su vez sembrada de torres, pasa a dos metros de nuestro gallinero y a tres de las habitaciones que dan a la calle, lo que nos garantiza un puesto privilegiado cuando llegue lo bueno, trepa la cuesta, siempre arrimada a las casas, cruza la Rambla, hasta alcanzar las tapias ennegrecidas y sórdidas de estos industriales empeñados con sus colorantes en que todos los arroces sean rojigualdos.

Esta plétora de cables y torres en las calles y los patios contrasta con el consumo reducidísimo que se hace a ras de suelo, limitado por lo general a cuatro bombillas de veinticinco que se encienden solo cuando es estrictamente necesario, pues ya entonces había un pánico generalizado a la enrevesada factura que nos presentaría la compañía. Vicente sostiene con vehemencia que para desnudarse y meterse en la cama no hay necesidad de tener la bombilla prendida, tampoco encuentra sensato que yo quiera leer precisamente de noche después de haber echado a perder las horas de luz detrás de la pelota.

Jaume, y como él otros vecinos, adquirió una de las mejores parcelas de la calle pero con una de esas torres plantada en la finca que, una vez levantada la casa, ha quedado en mitad del huerto; escuchó la promesa de los Gordi, velada que no escrita, de que la quitarían pero ahí sigue treinta y cinco años después; Vicente duda que el huerto y el pozo, magníficos, las cosas como sean, sea suficiente compensación, él no la habría comprado, dice, cuando en los corros les da por contraponer virtudes y defectos de las correspondientes adquisiciones, obviando que la parcela del señor Jaume es el doble de grande que la nuestra, además de rectangular, y seguramente resultó bastante más cara.

Al comprarla Jaume admitió tácitamente un inquilino con contrato indefinido que, por servidumbres salvaguardadas, el interés general, el bien común y cosas por el estilo, quedaría exento de pagar alquiler y al que los habitantes de la casa se comprometían a tratar con la mayor deferencia. Para empezar había que respetar un perímetro adicional en torno a la base en el cual estaba prohibido desarrollar cualquier actividad y, por si fuera poco, quedaba obligado a per-mitir la entrada de empleados, los de averías, los de mantenimiento y a cada tanto el inspector. La exigencia de paso podía presentarse a cualquier hora de cualquier día, sin más preaviso que unos golpetazos imperiosos en el picaporte.

–¡Son las tres de la madrugada! ¿Acaso son horas de ir por las casas? –protesta Jaume al intemperante que pide paso bajo un aguacero de alivio.

–Ha caído Sentmenat, no hay corriente en Poblenou, ¿no querrá parar Barcelona? –anuncia el enviado–. Déjeme pasar que estoy empapado, o ¿prefiere que venga la guardia civil a decírselo? –pregunta expeditivo.

La casa de Jaume y Enriqueta se pone patas arriba, primero el gato sale de estampida, a continuación se levanta el hijo, el segundo Jaume, que ha de madrugar, le sigue la nuera descompuesta por la migraña, ya no hay manera de callar al perro, después comparece la suegra, que se altera al menor ruido desde los bombardeos de la guerra, ¿qué son estos golpes? ¡Santa Bárbara bendita!, y se postra ante un Sagrado Corazón envasado en una campana de cristal, las hijas se despiertan, la pequeña lloriquea y el tercer Jaume se cambia de cama para verlo todo y explicarnos el acontecimiento que, con un poco de suerte, lo librará de las clases matutinas.

El expeditivo representante de la compañía y los hombres a su mando irrumpen a lo largo del pasillo hasta llegar al comedor que da acceso a una galería por la que se sale al huerto, donde está la torre, dejando tras de sí pisadas de barro y regueros de agua que la señora Enriqueta se apresura a limpiar, quizá prematuramente, porque el equipo deberá desandar el camino con más agua y más barro en cuanto recuperen Sentmenat y Poblenou.

–¡Vaya tiempo más perro! –dice el intruso para con-temporizar, mientras se frota enérgicamente las manos y a sus pies crece un charco de lo que chorrea su chubasquero. Luego se arrima al ventanal desde donde contempla los movimientos sincopados de sus hombres que se revelan con los fogonazos de la tormenta.

–Esto lo tendrían que quitar –se queja tímidamente la señora Enriqueta con la bayeta en la mano–, dijeron que lo quitarían; cuando compramos dijeron que lo quitarían, no sé a qué esperan.

–Antes hemos estado en otra casa –el representante de la compañía hace un gesto vago que señala la casa de la Beata o más arriba– pero la avería no estaba allí –informa ignorando las quejas de la señora y sin recatarse por evidenciar que ya han dado la noche a otra familia.

–Pero ¡hombre de Dios! –exclama Jaume–, ¿cómo per-mite que suban ahí arriba con la tormenta? ¿Y si pasa algo?

–No se quejen tanto –contesta el hombre–, más bien deberían alegrarse por tener una protección antirelámpago gratuita; no sé si sabe que en su casa nunca caerá un rayo, ¿qué digo en su casa?, en ninguna casa de esta calle, ¡tienen ustedes más pararrayos que una central!

–¡Ay, Señor! –exclama la Enriqueta, luego confiesa–:

No sabe usted el miedo que me da tener esto en casa.

–¿Miedo? ¿Qué va a pasar? –la interrumpe, jactancioso, el encargado–. ¿Ustedes no han oído hablar de la jaula de Faraday, verdad? –pregunta paseando la mirada por los des-velados.

–Mire usted, aquí no hay más jaulas que las de los conejos –contesta Jaume, desquiciado por lo que ya es una noche arruinada.

–Pues se lo explico –propone el hombre, y sin que nadie se lo pida continúa–: Verá, ese tipo, Faraday, mandó a un ayudante que se metiera en una jaula metálica, y por lo tanto conductora, ¿me entienden?, y luego soltó un pepinazo de miles de voltios en lo alto del armatoste y al ayudante no le pasó nada –concluye, muy ufano.

–¿Y dónde está la gracia? –objeta Jaume–. Porque usted se está a cubierto.

* * *

Por designio maléfico de Riu y los terratenientes, en el barrio abundan las fincas trapezoidales, de manera que una vez levantada la casa que de normal se quiere rectangular quedaron retales irregulares de tierra sin sentido que como mal menor se aprovechan para lavadero, trastero, patio, gallineros, con el resultado de algunas composiciones extravagantes, como la que consiguió Vicente con la casa de las tres puertas. Una, la principal, de madera recia, con pica-porte y mirilla, en el centro de la fachada, por donde se hace entrar a las visitas del pueblo y a los cobradores, y otras dos armadas con tablas claveteadas, situadas en los extremos de la fachada que cierran los triángulos que han quedado después de situar el cuadrado de la casa; la puerta dos accede a un pasillo reducidísimo que se estrecha hasta la comuna, y la tres, a un espacio amplio y utilitario que es propiamente el patio donde tenemos los gallineros, la cabra, el lavadero, y hasta se puede jugar a pelota. Cuando Jaume cuenta la noche toledana que ha vivido con los operarios, Vicente se reafirma en su elección, dinero aparte, pozo y huerto también, no se cambiaría, antes viviría bajo un puente que estar obligado a saltar de la cama cada vez que cae la línea.

–¡Qué noche! ¿Verdad, Enriqueta? –exclama la Rogelia, que por vecindad ha vivido el tráfago de pisadas y maldiciones.

–Calle, calle –contesta Enriqueta.

–Pero ¿lo van a quitar o qué? –pregunta su vecina. –Calle, calle –insiste Enriqueta–. Se lo dijimos, Jaume se lo dijo y nos salió con no sé qué del guirigay, la jaula del guirigay, ¿tú sabes lo que es eso? –Aborda al Maño hijo, nuestro entendido en electricidad y sus complejidades.

* * *

Además de usurpar espacio público y privado, las torres plantadas con tanta generosidad y tan cerca de las casas nos aproximan fenómenos rotundos que ni el cine más realista conseguirá superar. El primero, por su magnificencia y fama es la caída de rayo, una experiencia que en términos de hoy se podría considerar fuerte. Aunque puertas, ventanas, postigos, la gatera, todo está cerrado a conciencia, el fogonazo y el estrépito, fusionados en una sola cosa, se cuelan por resquicios cuya existencia no imaginábamos y descubrimos a los otros en un gesto o una mueca que nos parece grotesca mientras encogidos a más no poder aguardamos el momento en que la casa se desplomará sobre nosotros. Un efecto complementario, menor si se quiere, consiste en una ventolera maligna que debe inocularse por los mismos res-quicios que la luz y el ruido, que agita las llamas de las velas y a veces las apaga, porque lo normal será que el suministro de 125 se haya cortado al primer embate de la tempestad y estemos a oscuras ya que la diligencia en las reparaciones está reservada a Sentmenat y Can Vilaseca. La experiencia nos deja una risita nerviosa, bastante aturdidos, a veces temblorosos, con los pelos de punta y a un paso de compro-meternos con algún voto irrealizable. En estos momentos
72 Luces

los huevos de la clueca ya se han echado a perder, maldice María, siempre simple.

Las torres y los cables nos aproximan otros fenómenos, menos impactantes que el rayo pero más intrigantes y más temidos: los zumbidos y las luces. Los zumbidos (Perelló dice crepitaciones; el Maño, chisporroteos) son un rumor sordo que se instala en lo alto de las torres particularmente los días de humedad, a veces es tan intenso que se sobre-pone al runrún que a todas horas, día y noche, laborable o fiesta de guardar, nos llega de Casa Elizalde, al otro lado del río; la monotonía de su tempo y su persistencia, inalterable a pedradas, flechas, martillazos, embates con arietes y toda suerte de conjuros, se apodera de la calle cuando se hace el silencio como si un dios indio derramara sobre nosotros un mantra aletargador o en alguna parte del artefacto hubiera una olla rebosante de grillos afónicos.

Pero lo que más pavor nos da de aquel tinglado son unas luces lívidas que por las noches aparecen en lo alto de las torres, unos penachos de fuego que nacen claramente en los cables, junto a la cerámica aislante, que son rojos como el hierro candente pero que a medida que se elevan, sin apenas transición, toman una tonalidad azul que se funde en el negro de la noche. Hemos observado que el viento no parece afectarlas, no se mueven, no oscilan. María, mi madre, le tiene pánico a este fenómeno inexplicado, cuando vuelve de noche de trabajar acelera el paso con el ánimo encogido cada vez que ha de pasar cerca de las quince o veinte que encontrará en el trayecto de Can Pelaesquenes a la calle Peor. Hay viejas que dicen que son ánimas en pena pero el Maño hijo, que se prodiga en reparaciones para el vecindario más voluntariosas que eficaces, afirma que es una llama fría, ¿cómo se entiende eso?, ¿cómo el fuego puede ser frío?, desconfía Zenón, bueno, son cosas de la luz, es toda la explicación que arrancamos a Vicente, cosas de esta energía que lleva poco más de un siglo maravillando al mundo.

A falta de explicaciones convincentes los pusilánimes acogemos el fenómeno como un mal agüero, un signo de maldición que viene a sumarse a los muchos estigmas que sufrimos y que no nos cansaremos de repetir hasta que se solucionen: el barro, la pendiente, las ratas, la falta de agua, el mal servicio de los taxistas; quizá, quién sabe, los niños estamos en una edad impresionable, aquel fuego sea una advertencia del cielo por el poco respeto que se tiene a Dios en aquella calle, las blasfemias de Vicente, Roque, el Gordo y de los carreteros que la bajan cargados hasta los topes; no en vano el señor Borrell nos ha dado noticia de las andanzas de los hijos de Leví, del asesinato de los primogénitos egipcios y los sodomitas ahogados en azufre y otras manifestaciones de Dios al lado de las cuales aquellas luminarias serían una broma.

El efecto corona es un fenómeno eléctrico que se produce en los conductores de las líneas de alta tensión y se manifiesta en forma de halo luminoso a su alrededor. Está causado por la ionización del aire circundante al conductor debido a los altos niveles de tensión de la línea. La primera forma de efecto corona registrada fue el fuego de San Telmo.

* * *

Por lo que llevamos visto en el colegio y la iglesia, es esencial para nuestra educación saber formar correctamente, el señor Borrell invierte tiempo en inculcarnos la disciplina requerida. Una fila por clase y en orden. En orden significa que el primero de la clase se situará en cabeza de la formación, que el segundo se pondrá detrás de él, y así el tercero, el cuarto, el decimonono antes que el vigésimo hasta llegar al último de la clase, que cerrará la fila.

Para formar hemos de ponernos en línea recta, muy recta, no como la carretera de la Roca, nos reímos; firmes, no tirados como unos perdularios, a la distancia de un brazo extendido. Para comprobar la formación Borrell ordena, ¡cubrirse!, entonces extendemos el brazo hasta el hombro del compa-ñero que tenemos delante, todos menos el primero de la clase, como es natural, que podrá rascarse allá donde le pique. Tampoco vale cubrirse de cualquier manera, el brazo ha de estar totalmente extendido, la mano no debe descansar sobre el hombro, apenas lo ha de rozar, tampoco hay que darle pellizcos. A ver, ¡todo el mundo firmes, tiesos como un ajo!, risas por lo del ajo. El maestro mira la formación desde el frente con la atención del que se propone enhebrar una aguja. Si todo está bien, ordena que descansemos.

Si tenemos alguna idea del descansar asociada a una tumbona plantada en la calle debemos ignorarla, descansar en aquella situación significa que debemos recoger el brazo sin abandonar la formación ni las distancias, este es el justo alcance del descanso que se nos ordena.

El señor Borrell recomprueba las hileras que siempre se desarreglan por interpretaciones abusivas del descanso, y cuando todo vuelve a estar en orden empieza a santiguarse, por triplicado, frente, rostro, pecho, y todos seguimos sus maniobras de prestidigitador: en el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo, amén. Silencio. Siguen el padre-nuestro, el avemaría y el gloria, el lote más corriente del catolicismo cuartelario del momento. Otro silencio. Otra comprobación. Entonces tiende los brazos hacia delante y los mantiene unos instantes suspendidos hasta que alguna señal ignota le indica que ha llegado el momento, entonces empieza a mover las manos en unas ondulaciones indescifrables que también hemos visto hacer al señor Pairó, el músico del pueblo, como si imitara el vuelo de unas palomas o una barca que se mece en la mar o simplemente estuviera haciendo el tonto, arranca a cantar y nosotros le seguimos.

Viva España
mi patria esclarecida
madre sin igual
compendio del honor.

Viva España
solar de noble vida
regio pedestal
de Cristo Redentor.

* * *

El colegio ocupa un caserón desvencijado de la Rambla, junto a la fábrica de Can Vilaseca, bastante caótico por sucesivos reaprovechamientos y ampliaciones que comportan situaciones chocantes: hay aulas a las que solo se puede acceder a través de otra, a la planta alta se llega por una escalera exterior que pasa por unos lavaderos reconvertidos en urinarios, pero cuando llueve se usa una interior de madera que acaba en una trampa, así es posible entrar en la clase por el suelo, experiencia que en pocos lugares del mundo se repetirá. Los propietarios, consecuentes con el fasto verbal de la época, no se han contenido a la hora de darle nombre a aquello: colegio-academia.

Las aulas acogen entre treinta y cuarenta niños sin otro mobiliario que los estrictos pupitres y la mesa-despacho del maestro elevada sobre una tarima, delante de una superficie de pared pintada de negro que hace de pizarra. En los extremos de esta pizarra está la puntuación de los romanos y los cartagineses. En el aire hay un polvillo de tiza que, com-binado con nuestros particulares olores, confiere a la habitación un miasma peculiar. Como corresponde a la situación que vive el país, en concordancia también con el estado de las calles del Fondo y la falta de todo, no hay calefacción de ninguna clase, así que corre a cuenta de cada alumno echarse encima la cantidad de jerséis que estime conveniente o confiar en el caldeamiento que, tarde o temprano, producirá la aglomeración.

A un lado de la mesa del maestro está la única papelera; los inquietos que a cada momento necesitan desprenderse de un borrador piden permiso para ir hasta allí. Encima de la pizarra, en lugar preferencial, cuelgan unas figuras a las que ya hemos saludado en el descampado: un crucifijo que no destaca por nada especial de tan común y omnipresente que resulta, en los despachos, en los dormitorios, en la visita del médico, una talla vulgar y tosca que el Ministerio debe haber comprado a millares; una Inmaculada de Murillo en un cromo abigarrado en el que la virgen parece transportada por escuadrillas de angelitos con taparrabos; el general Franco en una pose inverosímil de estadista propia de una chirigota, lleva un capote con cabritillo y guantes de piel sobre un fondo de camisas azules, moros y requetés que enarbolan banderas de distinta índole pero todas victoriosas al paso alegre de la paz, como el pecho no daba para tantas excelencias las condecoraciones continúan por la manga, le han retocado los labios y el mentón hasta hacérselos mujeriles, quizá porque él lo ha ordenado, parece mirar al frente pero mira a ninguna parte, mira a la nada, al vacío, con la insolencia de los muy brutos, de los muy ignorantes, también de los muy sanguinarios; el cuarto figurante es José Antonio Primo de Rivera en mangas de camisa, con una expresión entre alelada y triste, una mala ampliación que parece sacada de una foto de carnet. Franco y José Antonio parecen dos jetas entrometidos entre figuras de la solera de Dios Nuestro Señor y su santa madre. Es bajo la advocación de estos personajes y los desvelos del señor Borrell que hemos aprendido la Semana de la Creación que tanto revuelo causa entre los viejos de los corros, también a sentir el temor a Dios, aunque sus manifestaciones se deban a un deficiente cableado de la línea, y aun cosas difíciles de verdad, a callar y a estarnos quietos, y las dos cosas a la vez.

* * *

La condición de que el reguerot discurrirá por el centro de la calle en equitativo reparto de las molestias nunca se acaba de cumplir al gusto de todos, no hay manera de fijar este punto ideal y hay que redefinirlo a cada momento. La imposibilidad de aplicar la exacta geometría, acuñación del Jim de la Laieta de la que el señor Perelló tomó nota, y la picaresca de algunos que con el pretexto de reforzarlo o encauzarlo lo alejan de su casa, y por lo tanto lo acercan al vecino de enfrente, son motivo de peleas con más efervescencia que otra cosa que se libran en la calle a la vista y los oídos de todo el vecindario, que actúa como un inmenso jurado popular.

–Estoy hasta los cojones de que tire el agua para mí.

–Perelló se encara al Emerenciano, su vecino de enfrente.

–Oiga, señor Perelló, perdone, solo he puesto unas piedras para reforzar aquí. –El Emer señala un punto con la azada.

–Ni piedras ni hostias. –Perelló, que tanto nos reconviene cuando decimos palabrotas o rebajamos la dignidad del teniente coronel, cuando mira por lo suyo deja el recato de lado–. Ya hace días que lo veo, ¿que se cree que no?, venga a meter escombro aquí, yo lo aparto, ¿que no lo ve? –de un puntapié echa a rodar la piedra que su vecino acaba de encajar–, y usted, no pasa una semana, vuelve con lo mismo, pues prou, se acabó, ¡aparte toda esta mierda!

–Lo he puesto porque se salía el agua, ¿es verdad o no? –busca con la mirada a la Micaela, vecina contigua que se podría ver favorecida si su remiendo prospera–; además, perdone, el que tira escombros es usted, esto son piedras que he ido a buscar allá arriba, así que no lo voy a quitar, ¿qué quiere, que la mierda me venga toda a mí? –contesta el Emerenciano mientras con la azada repone la piedra.

–Siempre dando por el culo el jodido charnego de mierda –masculla Perelló, y se mete en la casa, encendido por la rabia. Enseguida reaparece con una azada de hoja el doble de ancha que la del Emer mascullando lo mismo–: Desde el día que llegó que no ha parado de dar por el culo. –Le lanza una mirada flamígera, luego la pasea sobre los que empiezan a congregarse atraídos por la pelea y se pone a destrozar la obra de su vecino.

–Pero ¿qué hace? ¡Está loco! –exclama el Emer mientras con la herramienta trata de contener los movimientos de su rival.

–¡Eme, no te pierdas! –grita la señora Milagros, su mujer, asomada a la ventana con un crío en brazos que berrea.

Per l’amor de Déu! –exclama Pilar, la mujer de Perelló. –¡Se van a pegar! ¡Se van a pegar! –Dejamos la pelota abandonada y corremos hacia el tumulto donde se mezclan partidarios, detractores y mediadores más o menos desinteresados que rodean a los dos hombres que ahora entrechocan las azadas en un extraño combate de armas caídas; las peleas nos atraen tanto o más que las blasfemias de los carreteros seguramente por lo que tiene de consuelo ver como otros aguantan las broncas que de ordinario soportamos nosotros. –Apartadlos –ordena la Enriqueta no se sabe a quién,
a todos.

–¡Ya basta, prou! –Jaume y Vicente se interponen mientras el Maño sujeta la azada del Emer, que forcejea lo justo para no desmerecer su hombría.

No somos los únicos a los que atrae la bronca, también el Botines, Marimon, el Jim, la Beata, el Gordo, la familia Moreno al completo, el Inda y la Casilda, el Roque y la Amparo, todos los que no tienen cosa mejor que hacer, se personan y dan a conocer su opinión, que no debe interesar a nadie porque todos hablan a la vez. Hay apartes, manos a los hombros, confidencias a la oreja, palmadas, palmaditas y un discurso del Botines sobre la buena vecindad que pasa sin pena ni gloria.

–¡Ay, virgen santa! –exclama la Beata, luego reprende al Emer–, estas cosas aquí, no. –Y sin esperar su reacción se interesa por el vecino que ella tiene por cabal y bien educado–. ¿Que ha tomado mal, señor Perelló?

Roque y Jaume conducen a Perelló hasta los brazos de su esposa, la Pilar, que lo espera bajo el dintel con una toalla humedecida; el hombre, congestionado y jadeante, se deja caer en sus brazos y ella le seca el sudor y le refresca la frente; enseguida, como revivido, la aparta de un manotazo, yergue la azada y grita para que lo oiga bien el Emer, para que lo oigamos todos.

–Sepa usted que yo estoy aquí antes que usted, ¡desde el principio de todo!

–Repose, señor Perelló, repose –el Roque como el que prescribe un tratamiento.

El Botines lanza una mirada reprobatoria que nos engloba a todos.

–Esta calle no tiene remedio, un día saldrá en los sucesos –sentencia, y echa a andar calle abajo.

–Déjese de sucesos –lo aborda el Maño–. ¿Viene con nosotros a hablar con los de aquí arriba? –Señala la casa de los Aparicio, propietarios de esos tubos que hace tiempo habría que quitar.

–¿Para qué, si se puede saber? –inquiere el Botines sin dejar de caminar.

–¿Para qué va a ser? ¡Hostia!, para que quiten el tubo. ¿Sabe cómo tiene el patio la Rogelia? –contesta el Maño, entusiasta.

–Mañana –repone el Botines–, dos broncas en un día sería demasiado.

FER UN COMENTARI

Please enter your comment!
Please enter your name here