Odei Antxustegi Etxearte
Fòrum Grama, març 2004

[dropcaps type=’normal’ font_size=’62’ color=’#303030′ background_color=” border_color=”]S[/dropcaps]ólo tiene 23 años pero carga sobre sus espaldas la dura experiencia de la inmigración. Gloria Izurieta cambió Milagro (Ecuador) por Santa Coloma, hace dos años. Vino llamada por lo que le habían contado de España, por las ganas de mejorar… y porque necesitaba el remedio de la distancia para curar el mal de amores en que se había convertido una bonita historia que vivió en su país. Encontró trabajo en seguida: se dedica a cuidar una señora mayor desde que llegó. Confiesa, con una sonrisa agridulce, que esto no es lo que se esperaba. Dejó Ecuador en busca de un sueño. Pero con los sueños ya se sabe; la mayoría de veces uno se despierta antes de que les dé tiempo a convertirse en realidad.

– ¿Cómo fue el viaje hasta aquí?

– Fui a una agencia y saqué un pasaje como turista. Vine a Santa Coloma porque aquí vive una prima mía. Pasé muchos nervios en el avión, por si me hacían regresar. Siempre te preguntan dónde vas, qué vas a hacer, cuándo regresarás… incluso cuánto dinero llevas para gastarte. Y si dices una cantidad y luego no la tienes, te regresan a tu país. Aunque ahora la situación ha cambiado. Es imposible salir de Ecuador sin visado. Mi hermana también quería venir a España, pero ya no puede.

¿Por qué España?

– Porque la gente que ha estado aquí dice que es muy bonita, sin explicar cómo es realmente. Se dice que hay suficiente trabajo y la verdad es que hay que buscar mucho. De aquí me gusta la forma de vida, que no hace tanto calor como en mi país…

– ¿Te sentiste bien recibida cuando llegaste?

– Sí. He escuchado que hay racismo, pero no lo he sentido hacia mí. Yo pienso que los racistas no deberían ser así porque todos somos seres humanos y merecemos el mejor trato. Yo vine aquí a trabajar para ahorrar y conseguir los documentos necesarios para poder volver a España cuando quiera una vez regrese de nuevo a mi país.

– ¿Quieres volver a Ecuador?

– Sí, porque allí tengo a mi familia y quisiera estar cerca de ellos. Aquí vine sola, y solamente tengo unos primos.

– Pero hay muchas asociaciones de ecuatorianos…

– Ya, pero yo no participo.

Dedicas casi todo tu tiempo a cuidar a una señora mayor.

– Las ecuatorianas sin documentos no podemos hacer otra cosa que trabajar en casas. Somos muchos los inmigrantes que venimos hasta aquí y muchas veces tenemos problemas para encontrar trabajo. Para que no hubiera inmigración, habría que ayudar a los países con emigrantes directamente, y los gobernantes deberían hacerlo bien y no robar el dinero de otras personas.

Foto: JPS

– ¿Tienes miedo de que algún policía te pida los papeles cuando vas por la calle?

– No. Suelen pedírselos a los chicos, sobre todo si están en una plaza o bebiendo… Y lo hacen más de noche, cuando salimos a bailar o así. Pero yo casi nunca salgo de noche.

– Hablemos de Ecuador. Cuentas que naciste en Milagro…

– Sí, y mis padres son de Río Bamba, del pueblo Alausí, muy cerca de Quito. Los dos son mestizos, como yo.

– ¿Y estás a favor de las reivindicaciones del pueblo indio?

– No sé… Yo no hablo quechua y vivo un poco al margen de esas cosas. Me dan pena los campamentos indios porque están mal con-siderados, y la gente no se cuida demasiado, siempre va muy sucia.

– ¿Cómo era tu vida de pequeña?

– Por la mañana iba a la escuela. Entré a los cinco años. Había que ir de uniforme: con falda azul, camisa blanca y zapatos negros. Si no podías pagarlo, no podías ir. Por la tarde, sólo jugaba con niñas porque no nos dejaban jugar con niños.

– ¿Y a qué jugabais?

– Al juego de las cogidas (pilla-pilla) sobre todo.

– ¿Erais pobres?

– Sí, pero podíamos comer plátano, yuca, frutas variadas, carne, pescado… Y, ¿como no? ¡Arroz cada día! En casa teníamos baño y ducha. Pero yo veía niños pobres a mi alrededor. Mi madre, que tenía una tienda, los ayudaba siempre que podía.

– ¿Se puede hacer algo por ellos?

– Supongo que sí, pero no sé qué.

– ¿A ti te gustaría cambiar las cosas?

– Sí, pero la política no me va.

– Ya… ¿Y qué es lo que más echas de menos de tu país?

– Primero a mis padres y mis hermanos. Les llamo cada domingo. Y luego, a mis amigas. A veces lloras por la noche y te preguntas qué haces aquí. Yo me fui por ambiciosa, para mejorar. Quería conseguir dinero, acabar mi carrera y poner un negocio. Ahora no lo veo posible porque mi madre está enferma y necesitan mi ayuda económica, y tampoco tengo mis documentos.

– ¿Consideras tu viaje fracasado?

– No, pero no creo que me quede aquí. Echo de menos a mis padres.

– Si alguna amiga tuya quisiera venir y te pidiera consejo, ¿qué le dirías?

– Que no vengan. Ellas están acostumbradas a trabajar en oficinas, y aquí se viene a cuidar a gente mayor y a fregar platos.

– Ya terminamos… Dinos qué es lo más bonito de Ecuador.

– Sus playas, las islas Galápagos, sus montañas y volcanes y, sobre todo, la gente; especialmente la de la montaña, que es más abierta y cariñosa. Si algún día vuelvo, estudiaré y pondré un negocio. Una tienda, sí. Quizá una ferretería… Y ayudaré a mis padres.

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