Albert Noguera i Carreras
Fòrum Grama, desembre 2002

Foto: Albert Noguera

Salva dejó el pueblo cordobés de Puente Carretero a los 17 años. El Fondo que encontró en 1964 era un barrio hecho a trompicones, con unos vecinos esperanzados por conseguir un futuro mejor. Allí empezó a tomar contacto con las incipientes parroquias y se involucró en la JOC, que tenía la máxima de “ve, juzga y actúa”. Después vino el activismo social con grupos de jóvenes, las comisiones de barrio y las asociaciones de vecinos en el Fondo y Santa Rosa. Ese joven al que algunos definían como tosco, perseverante y astuto, ya asomó con sus opiniones en el primer número de Grama de 1969 en que se hablaba de los jóvenes inmigrantes.

Empezó a trabajar en diversos talleres mecánicos, hasta que entró en Talleres Alá, que hacía moldes y matrices. Con la crisis económica de finales de los 70, la empresa se fue al traste, pero el empeño de los trabajadores por mantener el puesto de trabajo les llevó a quedarse con la empresa y transformarla en una cooperativa. Se constituyeron en 1982, y veinte años después siguen funcionando con 45 trabajadores en medio de una feroz competitividad. El barrio barcelonés de Poblenou, al que llamaron la Manchester catalana por la gran cantidad de fábricas, ha visto como paraban la maquinaria de empresas emblemáticas como Macosa, Ebro, Olivetti, Filomátic, Platerías Ribera, y otras muchas. Pero ahí subsiste la cooperativa. La tenacidad y experiencia de Bolancer hace que actualmente presida la Federació de Cooperatives de Catalunya.

– ¿Cómo funciona una cooperativa?

– Existe una Ley de Cooperativas con la que nos regimos. No se trata de una asociación en la que uno puede tener más acciones que otro. Cada socio es un voto, sin importar el puesto de trabajo que ocupa. Todo se decide entre todos.

– Pero alguien tendrá que mandar o coordinar.

– Estamos organizados con una asamblea general, un consejo rector y un comité de dirección. La asamblea está formada por todos los cooperativistas y marca las directrices a seguir. El consejo rector es quien lo pone en funcionamiento en el día a día, se renueva cada 4 años y se intenta que todos los trabajadores ocupen ese puesto.

– ¿No habrá quien se aproveche del trabajo de los otros?

– La problemática de la cooperativa es que es una interrelación humana, con todo lo que conlleva para la convivencia. Todo el mundo se ha de comprometer a unos mínimos, para eso nos dotamos de unas reglas, con medidas correctoras.

Salva interviniendo en un sopar-debat. Foto: Eva Gómez

– ¿Siempre hay líderes a los que gusta mandar o tienen más facilidad para organizar?

– El cooperativismo pretende la autogestión. Aquí nadie es dueño de nada, sólo son propietarios de un puesto de trabajo, que a su vez se pone en cooperación. Todo el mundo es partícipe del proyecto.

-¿Los sueldos también son igualitarios?

– Es tan necesario el que barre como el contable, aunque se cobra según las categorías. Hay cooperativas más igualitarias que otras, en este aspecto. Una de las virtudes del cooperativismo es que las categorías inferiores están muy bien pagadas, generalmente con la misma categoría ganan más que en otras empresas. Las superiores tienen un buen sueldo, pero seguramente en empresas convencionales cobrarían más.

– ¿No hay riesgo de fugas de personal calificado, formado con fondos vuestros?

– Es un riesgo asumido, pero la mayoría tienen conciencia de donde están. El factor humano cuenta mucho en el cooperativista.

– Pero mucha gente querrá cobrar más…

– Nos hemos encontrado pocos casos. Intentamos que la gente entre desde la base y que se forme aquí. Uno de los objetivos es que se haga formación permanente y se tengan ganas de aprender.

– ¿Hay beneficios?

– Hay que ser competitivo en el mercado actual, sino cerraríamos. Las cosas van bien y estamos en expansión. Hemos abierto una nueva nave en Barberá. No nos repartimos los beneficios, sino que hemos decidido invertirlos en la expansión de la cooperativa. Catalunya ha sido un lugar donde han cuajado experiencias cooperativistas, sobre todo en el campo.

– ¿Cómo os relacionáis con otras cooperativas?

– Participamos en la Confederación de Cooperativas, en la que hay asociadas unas 600. Pero existen las cooperativas agrarias, de viviendas, de consumo, de enseñanza y las de trabajo asociado, que es nuestro caso. En las de trabajo asociado están las que se dedican a la producción, como fábricas o talleres. Pero también se engloban profesionales liberales como la abogacía, los gestores o los servicios a las personas.

– ¿No es muy utópico el comercio con justicia y la generalización de esta economía?

– En el cooperativismo existe verdaderamente la democracia, a diferencia de muchas empresas. Y por no hablar de las multinacionales que llegan a un país, lo depredan y luego se marchan. A nivel internacional hay poco conocimiento, pero hay una asociación internacional de cooperativas. En el País Vasco hay muchas experiencias, como Fagor, la Caja Popular Laboral, Eroski… Estos supermercados intentan negociar con los comercios cercanos, venden productos cosechados o fabricados en la zona y están en la red del comercio justo, una filosofía muy diferente de la de los supermercados de las multinacionales. Vivir en un mundo competitivo y avasallador no es sencillo.Ya hay experiencias cooperativistas de todo tipo, incluso la banca ética…

Salva, años 70 en el Fondo. Foto: JPS

– ¿En qué campos puede crecer el mundo cooperativo?

– La administración podría cooperativizar sus servicios, sobre todo los que ha privatizado. Los trabajadores serían responsables de una área, por ejemplo la limpieza, los parques…

– ¿Pero las cooperativas ya se pueden presentar a concursos públicos?

– Nadie promueve eso. Ni la administración, ni los sindicatos, a excepción de la minoritaria CGT. El resto del sindicalismo no tiene cultura cooperativa, necesitan tener un patrón al frente para reivindicar algo. El cooperativismo no quiere patrón, y más que reivindicar quiere compromiso para realizar un proyecto. Los sindicatos no creen en esa filosofía, se aburguesan desde el momento en que necesitan un patrón para que les diga qué tienen que hacer. En la administración los trabajadores se han de comprometer. No vale “que yo cobro un sueldo y del resto me lavo las manos”.

– Eres uno de los históricos del movimiento vecinal, ¿en qué situación lo ves?

– No está en uno de sus mejores momentos, al igual que gran parte del mundo asociativo. La reivindicación por la reivindicación no lleva a nada si no existe una cultura en la que la gente se implique. Cuando la gente participa, las cosas se hacen propias y permanecen en el tiempo. Por ejemplo, cuando se hizo el Plan Popular, época en la que había mucha participación, se propugnó que se tenía que hacer lo imposible para salvar de la edificación los solares de más de 1.000m2 que había en la ciudad. Gracias a esta implicación de los vecinos nos ha llegado can Zam, el Motocrós, la Bastida, les Vinyes, o los parques en los barrios. Todo eso fue ganado por un movimiento ciudadano participativo.

– ¿Puede que hoy haya poco que reivindicar?

– Está claro que en la sociedad hay poca intensidad reivindicativa. Las reivindicaciones suponen un esfuerzo personal, y mucha gente se ha acomodado. Los ayuntamientos tampoco han dejado mucho espacio a la implicación ciudadana en los asuntos de la ciudad, y, en cierta manera, les molestan los movimientos que reivindican, o que son críticos. No se prioriza la participación ciudadana y todo ha de pasar por el tamiz del ayuntamiento. Un ejemplo lo tenemos en la Festa Major de verano, que de ser una de las fiestas más vivas y participativas que en gran parte organizaban las entidades, ha desembocado en unos actos de gran pobreza cultural, recreativa y participativa. La gente asiste a la fiesta pero ya no la vive con intensidad.

– Te veo desilusionado…

– No soy pesimista. Aún sigo intentando mejorar la sociedad, ahora desde el Ateneu Popular. He estado siempre vinculado alas asociaciones de vecinos, las quiero mucho, pero ahora estoy en otra etapa. aunando esfuerzos con otros colectivos que están por la cultura de la participación ciudadana, para las que las personas son lo primero.

– Puede que la población desista porque confía en los políticos…

– El Ayuntamiento ha facilitado la desmovilización. Los documentos que ahora se hacen sobre participación ciudadana, a la hora de la realidad no quedan plasmados en nada concreto, ya que luego todo son trabas cuando la gente se interesa y quiere participar. Sino, ¿por qué no permite la participación de las entidades en un proyecto de ciudad como es el de can Zam? Nadie quiere suplantar a los gobernantes. pero los ciudadanos queremos que nos tengan en cuenta en el día a día, y no sólo cada cuatro años.

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